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Vago sentimiento

 Puede parecer trágico este escrito… pero no está escrito desde esa postura. Hecha la aclaración:

 Llora el alma por demás en sangre.

Ya basta dice mi cuerpo, basta de piedras

uniformes, abstractas; idiotez mental.

Arrastro los dedos sobre la arena

marco surcos que el viento hace desaparecer,

y así, llego al punto en que mis ojos se tildan en la nada

y solo siento.

Tan solo late el corazón.

Corazón, océano, viento y tierra: uno en el mundo, somos el mundo…

…y el universo es más infinito que antes, y nosotros somos más grandes que antes. VIDA!

 

Noche

Qué tiene que tanto me atrapa?.

¿Por qué esa magia me invade dentro?.

Ah… qué bella, qué tibia y fria al mismo tiempo; como se contraponen tantos aspectos en tí.

Bellísima, insisto, bellísima; y con un sabor especial, sabor a té, sabor a meditación, sabor a jazz y a otoño. Ah… qué linda te vistes con un manto de lluvia y esa brisa fresca, pura… te asienta tan bien…

 

 

 

 

Paola Moreira

Imagen Entelequia del día

Despierta dentro de un sueño

Un lugar, un sueño, y yo te pienso.

Desgranando ideas, transformandolas en castillos de polvo. Las desarmo y vuelvo a armar.

Siente, siente, y vuelve a sentir. No lo olvides, que no se pierda el significado.

INFO CASA DE LA CULTURA

Margaret Atwood gana el Príncipe de las Letras

(Ottawa, 1939) Escritora canadiense en lengua inglesa. Su obra explora dos temas: la identidad canadiense, en poemarios como El juego del círculo (1964) y Los diarios de Susannah Moodie (1970), y la condición de la mujer, en novelas como La mujer comestible (1969), Daño físico (1982) y Ojo de gato (1988). Entre sus últimos títulos destacan Good Bones (1993), Mourning in the Burned House (1995) y The Robber Bridge (1996), que obtuvo el Giller Prize.

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Ecologista, feminista, autora de novelas y poeta: la canadiense Margaret Atwood, (Ottawa, Canadá, 1939), ha ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Los finalistas de la edición 2008 eran el escritor albanés Ismail Kadaré, el británico Ian McEwan y el español Juan Goytisolo, que fueron elegidos entre las 32 propuestas recibidas, procedentes de 24 países. El jurado del prestigioso galardón ha justificado su decisión en la “espléndida obra literaria” de Atwood, “que ha explorado diferentes géneros con agudeza e ironía, y porque en ella asume inteligentemente la tradición clásica, defiende la dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia social”.

Utopía desencadenada

Utopía desencadenada.

P.M.

“1984″ · V

Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que había dejado el Diario abierto sobre la mesa. En aquella página se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con letras grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había querido estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la tinta no se hubiera secado.

Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.

 - ¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa - ; te sentí llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Se nos ha atascado…

Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora era una palabra desterrada por el Partido, ya que había que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía instintivamente). Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más edad. Se tenía la impresión de que había polvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba sólo a medias cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones, excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por remotos comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto.

 - Si le he molestado es porque Tom no está en casa  - dijo la señora Parsons vagamente.

El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba la impresión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados diversos artículos para deportes  - bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones vueltos del revés -  y sobre la mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados. En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que  - se notaba desde el primer momento, aunque no podría uno decir por qué -  era el sudor de una persona que no se hallaba presente entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la música militar que brotaba todavía de la telepantalla.

 - Son los niños  - dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta. -  Hoy no han salido. Y, desde luego…

Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de la cocina estaba lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura. Winston se arrodilló y examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y también tener que arrodillarse, porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:

 - Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil en cosas manuales. Sí, Tom es muy…

Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre muy grueso, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido. A sus treinta y cinco años acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había conseguido permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas, manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general todas las actividades «voluntarias». Informaba a quien quisiera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado de acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un fortísimo olor a sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua actividad y energía, le seguía a donde quiera que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.

 - ¿Tiene usted un destornillador?  - dijo Winston tocando el tapón del desagüe.

 - Un destornillador  - dijo la señora Parsons, inmovilizándose inmediatamente. -  Pues, no sé. Es posible que los niños…

En la habitación de al lado se oran fuertes pisadas y más trompetazos con el peine. La señora Parsons trajo el destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había atrancado el tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del grifo y volvió a la otra habitación.

 - !Arriba las manos!  - chilló una voz salvaje.

Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa y amenazaba a Winston con una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de unos dos años menos, hacia el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos iban vestidos con pantalones cortos azules, camisas grises y pañuelo rojo al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos, pero a pesar de la broma sentía cierta inquietud por el gesto de maldad que veía en el niño.

 - !Eres un traidor!  - grito el chico. -  ¡Eres un criminal mental ¡Eres un espía de Eurasia! ¡Te mataré, te vaporizaré; te mandaré a las minas de sal!

De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres. Había una especie de ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de darle un buen golpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de juguete!», pensó Winston.

La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en aquella habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer había efectivamente polvo.

 - Hacen tanto ruido…  - dijo ella. -  Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su trabajo a tiempo.

 - ¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan  - gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad.  - ¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar!  - canturreaba la chiquilla mientras saltaba.

Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían ahorcados en el parque aquella tarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular. A los niños siempre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la puerta. Pero apenas había bajado seis escalones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndole un terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo retiraba la señora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo.

 - ¡Goldstein!  - gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más asustó a Winston fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.

De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de la telepantalla se había detenido. Una voz militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una descripción de los armamentos de la nueva fortaleza flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.

Perdida en una mirada

Cuando tu mirada me deja sin palabras
me doy cuenta de lo mucho que me enamoraste.
Recuerdas aquel día?.

Noticias Culturales CANAL (Á)

Se editó un disco que recupera la obra del pianista Remo Pignoni
Pignoni fue un compositor y pianista clave del folclore de vanguardia que murió en 1988.

El dúo Fain/Mantega presenta su nuevo disco Secretos en reunión
El dúo integrado por Paulina Fain (flautas) y Exequiel Mantega (piano) presenta su nuevo disco Secretos en Reunión, editado por EPSA Music los jueves 10, 17, 24 y 31 de julio en No Avestruz, Humboldt 1857, Palermo.

El CFI convoca a los Premios Federales 2008
El concurso estará dedicado en esta edición a novela corta y las artes visuales.

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